29 de junio de 1935- 29 de junio de 2011
76 años forjando un destino
Hace 76 años, un 29 de junio de 1935, nacía la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). Se trataba de un grupo de radicales disconformes con la línea elitista y oligárquica que estaba adquiriendo el radicalismo bajo la dirección de Marcelo T. de Alvear. Joven ella misma, la breve vida de sólo diez años de esta agrupación, que se integra al peronismo en 1945, nos ha dejado una invalorable producción teórica rubricada con los mejores nombres del pensamiento nacional: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Manuel Ortiz Pereyra, Juan B. Fleitas, Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo, entre otros. Por su riqueza y compromiso merece sin dudas ser rescatada en forma más completa y extensa. Este pretende ser solamente un (auto)recordatorio a tomar esa tarea.
Cuenta la leyenda que cuando Hipólito Yrigoyen pasó de la Isla Martín García a estar confinado en su casa, comenzó a recibir la visita de un grupo de jóvenes, entre ellos los del Movimiento de Continuidad Jurídica que fue el antecedente de FORJA. El mismo estaba formado por Arturo Jauretche , Juan B. Fleitas, Manuel Ortiz Pereyra, Félix Ramírez García y Homero Manzi.
El nombre del agrupamiento surge de la frase de Hipólito Yrigoyen “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”. Su primer declaración, de la que hoy se cumplen 76 años, tuvo un marcado carácter antiimperialista y llevaba por título la siguiente frase: “Somos una Argentina Colonial: queremos ser una Argentina Libre”.
Ruptura
Lo que decide a los jóvenes forjistas a separarse del Partido Radical es el abandono por parte de este, controlado por Alvear y los antipersonalistas, de la política de intransigencia- denuncia y abstención- frente a las elecciones controladas por los militares. Los mecanismos fraudulentos caracterizan el régimen político de la época. Estos mecanismos y los negociados que acompañaron las relaciones con las potencias extranjeras, en especial Gran Bretaña, le valieron a los años 30 el mote de “década infame”, tal como fue bautizada por el periodista tucumano José Luis Torres el periodo inaugurado con el golpe de estado del 6 de septiembre de 1930. Durante la primera mitad de la década infame, el radicalismo permaneció proscripto. Sin embargo, cuando en 1935 el régimen conservador decide levantar la proscripción del Partido Radical, el ala alvearista se presta solícita al juego. El asesinato de Enzo Bodabehere en el Congreso Nacional, por denunciar el pacto Roca – Runciman, conmueve también las conciencias nacionales de los fundadores de FORJA y los decide a la ruptura con un Partido Radical que no combate al régimen militar imperante, sino que decide participar de él.
Reconstrucción
Los formadores de la nueva fuerza pretendían reivindicar una tradición democrática y popular de un Yirigoyenismo que ellos reconstruyen de manera formidable. No es que esta tradición no tuviera asidero alguno en la realidad histórica, sino que, como toda lectura política, se trató de una reconstrucción parcial. Requirió echar mano de ciertos olvidos – la semana trágica, la Patagonia Rebelde- y puso de relieve legados que los jóvenes radicales hicieron propios: la lucha por la ampliación del sufragio, y la política de nacionalización del petróleo, como los puntos más altos del radicalismo de Irigoyen que se propusieron rescatar. Como el “peronismo de Perón”, el forjista es reivindicado como un “radicalismo de Irigoyen”, que intenta volver a las fuentes. Sn embargo, poco importa cuánto habla del verdadero Yrigoyen la versión de FORJA. Lo que importa es cómo habla de Forja esta versión del radicalismo.
Transformación
Lo que distingue a esta agrupación de tendencia popular es su coherencia con los ideales democráticos y nacionalistas, más allá de las banderas políticas y las adscripciones automáticas. La experiencia de FORJA demuestra que la lealtad debe ser a los ideales y no a los escudos partidarios cubiertos de polvo, muchas veces traicionados. Lo que no cambia perece, es su forma de cambiar.
En 1945, los políticos e intelectuales reunidos en FORJA deciden disolver la agrupación dentro del movimiento peronista. La declaración del 15 de diciembre de 1945, tras mostrar su solidaridad con las jornadas de octubre, anuncia: “Que el pensamiento y las finalidades perseguidas al crearse F.O.R.J.A. están cumplidos al definirse un movimiento popular en condiciones políticas y sociales que son la expresión colectiva de una voluntad nacional de realización cuya carencia de sostén político motivó la formación de F.O.R.J.A. ante su abandono por el radicalismo.”
La obra
La producción teórica de los forjistas pasó por el ensayo político, el periodismo y la historia, pero no desdeñó terrenos como la música popular, la poesía y el tango, donde Homero Manzi llevó la posta. Entre los temas de denuncia, se puso énfasis tanto en la estructura económica dependiente del país, como en la superestructura cultural e ideológica que permitía la continuidad de ese estado de cosas. En este punto se concentró la obra de Arturo Jauretche, con su denuncia a los intelectuales educados por, para y en Europa, y con la crítica a las “zonzeras” difundidas por la cultura dominante y adoptadas por la mayor parte de la clase media antiperonista. La denuncia de la dominación británica fue magistralmente plasmada por la obra de Raúl Scalabrini Ortiz, especialmente en sus trabajos “Historia de los ferrocarriles argentinos” y “Política británica en el Río de la Plata”.
Por qué Canning debe llamarse Scalabrini Ortiz
En una muestra de que “es importante desde un niño hasta el largo de un vestido”, la disputa por el nombre de la calle del barrio de Villa Crespo que une Warnes con Figueroa Alcorta, encierra un profundo sentido ideológico. Ante la inauguración de un monumento a George Canning, FORJA denuncia mediante un volante que el homenajeado diplomático inglés había escrito en 1824: "La América Española es libre, y si nosotros los ingleses manejamos nuestros negocios con habilidad, ella será inglesa”. Cien años después, dicen en el volante fechado en 1937, los objetivos de Canning habían sido cumplidos y sobrepasados: los ferrocarriles, las empresas monopolizadoras del comercio exterior, los medios de comunicación, las mejores tierras de la Patagonia, las Islas Malvinas, en suma, todos los resortes económicos y políticos del país estaban en manos inglesas.
La calle que hoy recuerda al historiador argentino Raúl Scalabrini Ortiz, miembro de FORJA, cambió de nombre con los vaivenes políticos argentinos. Perseguida por las denominaciones cipayos desde sus orígenes, en 1867 fue bautizada como El Camino del Ministro Inglés, porque el diplomático británico Henry Southern la utilizaba para ir y venir al centro desde la quinta en la que vivía con su familia. Siguiendo con su mala racha, en 1893 una ordenanza le cambió por primera vez el nombre para bautizarla como George Canning, ministro de Relaciones Exteriores británico con la excusa de haber sido quien gestionó el reconocimiento formal de la Independencia argentina. En 1974, tras el regreso de Perón, la calle pasó a llamarse sugestivamente Raúl Scalabrini Ortiz, quien, como vimos, tuvo como uno de sus tópicos la denuncia del imperialismo inglés. El nuevo nombre duró lo que la corta primavera democrática, ya que tras el golpe de Estado la calle volvió a su denominación pro inglesa. Finalmente, dos años después del regreso de la democracia, volvió a denominarse con el nombre del escritor nacionalista, nombre que mantiene hasta el momento. Por el bien de todos, esperemos que le dure. Porque hasta en el nombre de una calle se refleja la suerte de una nación.
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martes, 28 de junio de 2011
76 años de FORJA
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viernes, 25 de febrero de 2011
Entre el amor y el odio. Peronismo y medios masivos
Amores y odios: la relación histórica del peronismo con los medios de comunicación
Históricamente y hasta la actualidad, las relaciones del peronismo con los medios de comunicación han sido conflictivas. La lectura que la historiografía tradicional hizo de esas relaciones fue de un simplismo liso y llano. En ella predominó la tesis del autoritarismo y control sin mayores matices. Es necesario recordar que las fuentes de la historia reciente son, al menos en un gran porcentaje, periodísticas: diarios, revistas, noticieros televisivos y programas de radio son a la vez fuente histórica y objeto de estudio. La ideología que presenta como objetivas estas manifestaciones es la misma que las hizo aparecer como fuentes históricas ventajosas en relación a otros documentos, que expresarían directamente las posiciones parciales de grupos de poder.
Luego de varias décadas de estudios en comunicación y luchas contra la concentración mediática- como la recientemente conquistada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual- la objetividad de los medios está más que cuestionada. El disfraz de objetividad cayó y dejó al desnudo una urdimbre de intereses empresariales, complicidades con gobiernos de facto y campañas sucias contra gobiernos democráticos. Podemos sospechar que la historia oficial de los años del primer peronismo corrió el mismo riesgo de ser tergiversada que el que correría una historia de la dictadura militar o de la sanción de la Ley de medios escrita bajo el tamiz de los diarios hegemónicos.
La décadas del 40 y 50 fueron años de expansión de la industria cultural. Con mayor precisión, el historiador Jorge Rivera (El escritor y la Industria Cultural, Ed. Atuel, 1998) señala un auge de la industria cultural entre 1930-1955. Las conquistas laborales y salariales del período permitieron a la población trabajadora contar con más tiempo libre, a la par que veía aumentar sus ingresos. Esto impulsó el crecimiento del mercado interno, lo cual fue cierto también en lo que a bienes culturales se refiere. Sin embargo, ese crecimiento de cultura y su democratización son opacados por un discurso histórico que enfoca a los medios de comunicación de la época como víctimas de un intervencionismo estatal dirigido a controlar la información circulante.
Un análisis menos lineal, iniciado por una renovación en historiográfica que se produce en las décadas del 80 y 90, muestra que las relaciones de la industria cultural con el gobierno peronista eran mucho más complejas y no pueden ser explicadas solamente por un aumento del autoritarismo y el control estatal.
Lejos de estar en veredas separadas, las historias de la industria cultural y el peronismo fueron de una profunda imbricación. En vez de repelerse como agua y aceite, el peronismo construye una amplia hegemonía en los medios de comunicación y a través de ellos. De esta manera, el peronismo logra entablar un diálogo perdurable con una cultura popular influenciada por la industria cultural de masas.
La sanción del Estatuto del Periodista se produce al tomar el movimiento nacional peronista una reivindicación existente entre los trabajadores de prensa, que no sólo implica conseguir los derechos laborales que otros sectores estaban obteniendo. Con el estatuto, el sector sindical consigue el reconocimiento de los periodistas como trabajadores, mientras que hasta entonces eran considerados como “intelectuales”, en el marco de una prensa que tendría por misión el combate de ideas, desdibujando las divisiones de clase. El estatuto hecha luz sobre los intereses privados que se encuentran detrás de esa "misión" esgrimida y precipita de esa manera el reconocimiento de los diarios como empresas comerciales. En cierta manera, corona la evolución de la prensa tradicional agonizante hacia la prensa comercial masiva.
El reparto de subsidios por parte del estado es señalado unilateralmente como una medida de coerción sobre la prensa. Sin embargo, es la escasez de insumos como papel de diario y cinta fílmica que se produce como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, la que provoca el pedido de subvención de los sectores empresariales afectados y no al revés. La expropiación del diario La Prensa es otro de los caballitos de batalla de la historia oficial del autoritarismo peronista. Sin embargo, cuando se acerca la lupa para enfocar los negociados de ese diario con el papel prensa y se accede a la defensa de la medida por parte de John William Cooke en el Congreso, salen a la luz causas ocultas tras la versión de la sola censura a los diarios opositores.
Por otra parte, ya antes de ser elegido como Presidente, Juan D. Perón teje alianzas con parte de estos sectores empresariales y varias figuras artísticas, al atender sus pedidos de apoyo. Luego un hombre de la industria cinematográfica, Raúl Apold, que había sido parte de Argentina Sono Film, será el director de la política de propaganda del gobierno peronista a partir de 1949. También durante su desempeño como Secretario de Trabajo y Previsión, Perón entabla amistad con Enrique Santos Discepolo, célebre letrista de tango, actor y dramaturgo, quien defenderá acaloradamente las conquistas del nuevo gobierno durante la campaña electoral de 1951, a través de sus audiciones radiales. De otro artista prolífico (productor, director de cine, actor, guionista y cantante), Don Hugo Del Carril, es la famosa Marcha Peronista.
Pero el diálogo más rico que entabló el peronismo con la cultura masiva, no puede reseñarse en relaciones institucionales, sino en relaciones simbólicas, en un imaginario compartido que arraiga con fuerza en los sentimientos populares. No es dato menor que una de las figuras más importantes del movimiento, Eva Perón, haya sido actriz y se vista muchas veces como tal. La figura de Eva, sin embargo, es más que eso. La historia de Evita, que siendo de extracción humilde termina convirtiéndose en Primera Dama gracias a una historia de amor, guarda muchas similitudes con la tradición del melodrama, del radioteatro y la telenovela. Tiene la fuerza de simbolizar el ascenso social que empieza a dibujarse en el horizonte de la época. Pero, a diferencia de la mucama humilde que descubre ser hija del millonario, Eva no es precisamente sumisa ni pasiva. Su figura condensa tanto a la actriz como a la heroína, la muchacha humilde que logra el ascenso social y la trabajadora combativa, elementos que refuerzan una y otra vez la identificación con los sectores populares. Quizás esto sirva de contribución para explicar la intensidad de ese sentimiento peronista, que por ser un sentimiento, intenta explicar torpemente quien no participa de él.
Como en toda historia de amor, también la pasión del peronismo por los medios de comunicación esconde una cuota de voluntad de dominación. Pero es al fin y al cabo, una historia de amor, donde toda violencia esconde también el quiebre de la resistencia, un juego de seducciones mutuas que terminan engendrando nuevos equilibrios de amor y odio, amigos y enemigos de un viento de cambio que no deja nada como está. Como si fuera una de esas historias de los teleteatros no exentas de cachetadas ni de besos apasionados.
Históricamente y hasta la actualidad, las relaciones del peronismo con los medios de comunicación han sido conflictivas. La lectura que la historiografía tradicional hizo de esas relaciones fue de un simplismo liso y llano. En ella predominó la tesis del autoritarismo y control sin mayores matices. Es necesario recordar que las fuentes de la historia reciente son, al menos en un gran porcentaje, periodísticas: diarios, revistas, noticieros televisivos y programas de radio son a la vez fuente histórica y objeto de estudio. La ideología que presenta como objetivas estas manifestaciones es la misma que las hizo aparecer como fuentes históricas ventajosas en relación a otros documentos, que expresarían directamente las posiciones parciales de grupos de poder.
Luego de varias décadas de estudios en comunicación y luchas contra la concentración mediática- como la recientemente conquistada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual- la objetividad de los medios está más que cuestionada. El disfraz de objetividad cayó y dejó al desnudo una urdimbre de intereses empresariales, complicidades con gobiernos de facto y campañas sucias contra gobiernos democráticos. Podemos sospechar que la historia oficial de los años del primer peronismo corrió el mismo riesgo de ser tergiversada que el que correría una historia de la dictadura militar o de la sanción de la Ley de medios escrita bajo el tamiz de los diarios hegemónicos.
La décadas del 40 y 50 fueron años de expansión de la industria cultural. Con mayor precisión, el historiador Jorge Rivera (El escritor y la Industria Cultural, Ed. Atuel, 1998) señala un auge de la industria cultural entre 1930-1955. Las conquistas laborales y salariales del período permitieron a la población trabajadora contar con más tiempo libre, a la par que veía aumentar sus ingresos. Esto impulsó el crecimiento del mercado interno, lo cual fue cierto también en lo que a bienes culturales se refiere. Sin embargo, ese crecimiento de cultura y su democratización son opacados por un discurso histórico que enfoca a los medios de comunicación de la época como víctimas de un intervencionismo estatal dirigido a controlar la información circulante.
Un análisis menos lineal, iniciado por una renovación en historiográfica que se produce en las décadas del 80 y 90, muestra que las relaciones de la industria cultural con el gobierno peronista eran mucho más complejas y no pueden ser explicadas solamente por un aumento del autoritarismo y el control estatal.
Lejos de estar en veredas separadas, las historias de la industria cultural y el peronismo fueron de una profunda imbricación. En vez de repelerse como agua y aceite, el peronismo construye una amplia hegemonía en los medios de comunicación y a través de ellos. De esta manera, el peronismo logra entablar un diálogo perdurable con una cultura popular influenciada por la industria cultural de masas.
La sanción del Estatuto del Periodista se produce al tomar el movimiento nacional peronista una reivindicación existente entre los trabajadores de prensa, que no sólo implica conseguir los derechos laborales que otros sectores estaban obteniendo. Con el estatuto, el sector sindical consigue el reconocimiento de los periodistas como trabajadores, mientras que hasta entonces eran considerados como “intelectuales”, en el marco de una prensa que tendría por misión el combate de ideas, desdibujando las divisiones de clase. El estatuto hecha luz sobre los intereses privados que se encuentran detrás de esa "misión" esgrimida y precipita de esa manera el reconocimiento de los diarios como empresas comerciales. En cierta manera, corona la evolución de la prensa tradicional agonizante hacia la prensa comercial masiva.
El reparto de subsidios por parte del estado es señalado unilateralmente como una medida de coerción sobre la prensa. Sin embargo, es la escasez de insumos como papel de diario y cinta fílmica que se produce como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, la que provoca el pedido de subvención de los sectores empresariales afectados y no al revés. La expropiación del diario La Prensa es otro de los caballitos de batalla de la historia oficial del autoritarismo peronista. Sin embargo, cuando se acerca la lupa para enfocar los negociados de ese diario con el papel prensa y se accede a la defensa de la medida por parte de John William Cooke en el Congreso, salen a la luz causas ocultas tras la versión de la sola censura a los diarios opositores.
Por otra parte, ya antes de ser elegido como Presidente, Juan D. Perón teje alianzas con parte de estos sectores empresariales y varias figuras artísticas, al atender sus pedidos de apoyo. Luego un hombre de la industria cinematográfica, Raúl Apold, que había sido parte de Argentina Sono Film, será el director de la política de propaganda del gobierno peronista a partir de 1949. También durante su desempeño como Secretario de Trabajo y Previsión, Perón entabla amistad con Enrique Santos Discepolo, célebre letrista de tango, actor y dramaturgo, quien defenderá acaloradamente las conquistas del nuevo gobierno durante la campaña electoral de 1951, a través de sus audiciones radiales. De otro artista prolífico (productor, director de cine, actor, guionista y cantante), Don Hugo Del Carril, es la famosa Marcha Peronista.
Pero el diálogo más rico que entabló el peronismo con la cultura masiva, no puede reseñarse en relaciones institucionales, sino en relaciones simbólicas, en un imaginario compartido que arraiga con fuerza en los sentimientos populares. No es dato menor que una de las figuras más importantes del movimiento, Eva Perón, haya sido actriz y se vista muchas veces como tal. La figura de Eva, sin embargo, es más que eso. La historia de Evita, que siendo de extracción humilde termina convirtiéndose en Primera Dama gracias a una historia de amor, guarda muchas similitudes con la tradición del melodrama, del radioteatro y la telenovela. Tiene la fuerza de simbolizar el ascenso social que empieza a dibujarse en el horizonte de la época. Pero, a diferencia de la mucama humilde que descubre ser hija del millonario, Eva no es precisamente sumisa ni pasiva. Su figura condensa tanto a la actriz como a la heroína, la muchacha humilde que logra el ascenso social y la trabajadora combativa, elementos que refuerzan una y otra vez la identificación con los sectores populares. Quizás esto sirva de contribución para explicar la intensidad de ese sentimiento peronista, que por ser un sentimiento, intenta explicar torpemente quien no participa de él.
Como en toda historia de amor, también la pasión del peronismo por los medios de comunicación esconde una cuota de voluntad de dominación. Pero es al fin y al cabo, una historia de amor, donde toda violencia esconde también el quiebre de la resistencia, un juego de seducciones mutuas que terminan engendrando nuevos equilibrios de amor y odio, amigos y enemigos de un viento de cambio que no deja nada como está. Como si fuera una de esas historias de los teleteatros no exentas de cachetadas ni de besos apasionados.
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